dissabte, 7 de gener de 2017

Ficcions de la memoria: baño de bosque

Hoy he vivido una experiencia insólita: hoy he conocido la eternidad. Pero una eternidad distinta. 

No es vivir para siempre, cosa imposible, pues vivo y por lo tanto moriré, algún día. Es que el tiempo no exista, que no importe, que no me persiga la culpa por ignorarlo y por perderlo, cómo si de mi niño se tratara. Que me sea indiferente un minuto o un siglo, que no me acuse y me deje vivir tanto cómo quiera, y como quiera vivir. 

Y así he sido junto al río escarchado con encajes de hielo puro blanquísimo, sintiéndome libre definitivamente, aunque triste, viendo fluir la vida ahí abajo, afuera. Sin esperar nada porque nada vendrá, porque no hay presente ni futuro ahora, en este instante ya caduco. 


¡Cuán libre me he sentido!

Pienso si no es posible vivir así, sin que el tiempo pase, sin que cuente un segundo más o menos, sin que un día tenga un valor distinto de una hora o de un año. 

¿Quién me roba la felicidad sino yo misma? ¿Quién le asigna valor al río sino mi pensamiento? Quién si no yo condena la libertad que merece mi corazón. 

Entonces solo me he sentido libre, solo aparentemente lo he sido, solo mi mente ha volado a través del universo temporal. Mi yo completo, impreciso, sigue ahí, en la orilla, observando la hoja de roble que dejé caer antes de cruzar, alejándose sobre el agua, fluyendo con ella, empujada por la corriente.

Sin embargo estoy segura de haberme bañado en un bosque helado. Quizá he renacido, quizá haya consumido mi tiempo. Mañana veré.

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